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Investigación
LA ARGENTINA RELEGADA
Donde los milagros no llegan...
En contraste con los "milagros" de solidaridad mediática que permitieron financiar (con fondos públicos) millonarias operaciones en el exterior, una madre cría en soledad a su hijo gravemente enfermo en una precaria casilla de villa La Tablita. Su caso refleja cómo la tradición clientelar obstaculiza la política social del Estado y -sobre todo- el valor que la salud pública tiene para los más necesitados

Escribe: Alexis Oliva

Luisa Romero tiene treinta años y vive en villa La Tablita, un asentamiento precario de unas sesenta familias en el corazón del populoso barrio Villa El Libertador, en el sur de Córdoba capital. Le dicen La Tablita porque la mayoría de las casas están construidas con restos de los pallets con que las grúas de horquilla levantan la carga.
La casa de Luisa por lo menos tiene paredes de ladrillo, pero en el piso no hay mosaicos y las tablas del techo están tapadas sólo con un plástico negro. Anoche, después de mucho tiempo de sequía y calor, al fin llovió. El nylon no resistió el chaparrón y hoy las tablas chorrean y huelen a humedad.
Luisa vive con su hijo de diez años, que sufre una grave enfermedad renal. Desde que la descubrieron, hace cuatro años, lo han operado siete veces. Hoy, sus riñones casi no funcionan, tiene que someterse a diálisis y seguramente necesitará un trasplante.
Su madre cobra la asignación por hijo discapacitado (880 pesos) y trabaja como empleada doméstica dos días a la semana. Pero no alcanza. Luisa mira la línea de pobreza como mira esas tablas manchadas de humedad: desde abajo. "Necesito unas chapas", dice mientras ceba mate y tiene alzada a su sobrina, a quien cuida los días que no trabaja.
"En una reunión en familia, mi hermana de 23 años levantó la mano y dijo que quería ser la donante del riñón. Ella está dispuesta a donar a su sobrino un riñón. Como mamá y como hermana, es un gran orgullo y una seguridad", relataba una confiada Luisa, pero días después su hermana tuvo que ser operada de la vesícula, lo que por lo menos a corto plazo complica esa posibilidad.
"Con mi mamá quisimos anotarlo en la obra social que ella paga desde hace muchos años y nos dijeron que no, que no podían, porque ya es un chiquito crónico y un transplante genera plata. Después quise ir a otras y en todas se nos cerró la puerta. Ahora estamos en los hospitales públicos, donde son muy buenos médicos", reconoce Luisa.
El niño es paciente del servicio de nefrología del Hospital Pediátrico del Niño Jesús (ex Casa Cuna), pero últimamente no hay ni para el transporte, por lo que en momentos de crisis su madre lo suele llevar al más cercano Hospital Misericordia o al dispensario de Villa El Libertador.

El diagnóstico
"Reflujo vésico-uretral bilateral grado 4, con daño renal severo, más disinergia vésico-esfinteriana grave con incapacidad de vaciado vesical voluntario", es el diagnóstico "prequirúrgico" que figura en su historia clínica. "El reflujo se clasifica en cinco grados: el 1 y el 2 en general se curan solos, el 4 y el 5 tienden a ser quirúrgicos y el 3 depende cómo evolucione. Grado 4 significa que ya está todo dilatado y necesita cirugía. Bilateral es que afecta los dos uréteres. Hay daño renal severo. Y disinergia vésico-esfinteriana es que él quiere orinar y en vez de dilatar el esfínter lo contrae. Ese es el motivo por el cual se decide hacer una cirugía, el Mitrofanoff, que es un drenaje externo de la orina", explica Bryan Mc Lean, pediatra del dispensario.
Respecto al ambiente en que vive el paciente, el médico enfatiza: "Cualquier niño con daño renal debe tener condiciones de higiene extras, y más aún si se planea una diálisis. En muchas ocasiones, se han hecho habitaciones especiales para una diálisis. No puede haber ni un bicho que se meta ahí, porque hay mucho riesgo de infección y tiene que ser lo más aséptico posible. No puede estar sin piso de mosaico, o baño y es fundamental el agua. No hay forma de plantear una diálisis en un lugar donde no hay agua corriente".
El director de la ex Casa Cuna, Daniel Pizzi (ver entrevista), sostiene: "Esos casos son de fácil solución desde el Estado. Me parece que algo debe haber fallado para que esta mujer no haya recibido ayuda. Se gasta tanto en tantas cosas, que hacerle un techo a esa casa y darle condiciones lógicas para un postoperatorio no creo que sea un gasto". Además, señala que el mismo servicio social del hospital podría gestionar una ayuda económica y la Asociación de Amigos por lo menos solventar los gastos de transporte para que el paciente pueda acudir a control.
A pesar de su enfermedad, el niño continúa asistiendo al cuarto grado de la escuela Patricias Mendocinas. "Anda muy bien en la escuela -destaca su madre-. Hace poco tuvo que faltar dos semanas por el tratamiento y cuando volvió se enganchó lo más bien". Es que son cada vez más frecuentes las veces que el dolor lo obliga a faltar o trasladarse en remís, pero "él sabe que no tiene que bajar los brazos", dice con orgullo Luisa.

(Puede leer la nota completa en la edición impresa de revista El Sur de diciembre de venta en kioscos de Córdoba, Río Cuarto, Villa María y zona de influencia)

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