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Historias
Estela de Carlotto en Río Cuarto
Guardiana de la memoria
La historia de la abuela coraje

Escribe: Hernán Vaca Narvaja

A la edad en que se imaginaba jubilada y disfrutando de sus nietos, Estela Barnes de Carlotto no descansa. Desde que secuestraron y luego asesinaron a su hija Laura (que estaba embarazada de tres meses cuando fue raptada), no ha dejado de buscar un solo día a su nieto nacido en cautiverio. Aunque él no lo sepa todavía, se llama Guido como su abuelo, el esposo de Estela, el padre de Laura. Este mes, Guido festejará su cumpleaños número 33 con una identidad falsa, ajena, impuesta.
Guido Carlotto es uno de los cuatrocientos niños nacidos en cautiverio que fueron despojados de su identidad por la dictadura militar. Las abuelas de Plaza de Mayo, con Estela como estandarte, ya encontraron a más de un centenar. Ha sido una batalla desigual contra el olvido y la indiferencia. Y la demostración más conmovedora de que la vida triunfa sobre la muerte y la verdad sobre la mentira.
Cada niño encontrado es un golpe certero al macabro plan de "reeducación" pergeñado por los represores a través del robo sistemático de bebés. "Si se los dábamos a sus abuelos para que los criaran, iban a salir subversivos como sus padres", razonaba con su habitual brutalidad el inefable comisario Ramón Camps, el jefe de policía bonaerense que solía vanagloriarse de haber asesinado a miles de subversivos -entre ellos adolescentes y mujeres embarazadas- pero a ninguno de sus hijos.
Estela tiene el cabello blanco como la ceniza. Y una mirada dulce, que por momentos parece perderse hacia adentro de su propio ser, hacia esa intimidad inexpugnable que uno presume frágil  y que ella protege con toda su fuerza para no mostrarse débil. Su voz es tenue, de esas voces delicadas, seguras, claras y tiernas, que nos gustaría escuchar por las noches antes de conciliar el sueño. La voz de Estela es una voz de maestra pero, sobre todo, una voz de abuela.
La voz de Estela  ha trascendido las fronteras del país. Su lucha, que empezó como una pelea desigual de un puñado de mujeres contra el Estado terrorista que asesinó a sus hijos y les arrebató a sus nietos, es ya una lucha universal. Es la lucha por la identidad, que es lo más sagrado que tiene una persona: su pertenencia a una familia biológica, sus lazos de sangre, su historia, su cultura, su razón de ser, su existencia.
Tanto retumba la voz suave de Estela en el mundo que estuvo nominada para recibir el Premio Nobel de la Paz. Perdió con el presidente Barak Obama, que al poco tiempo se convertiría en el más impune violador de los derechos internacionales y la soberanía de los países árabes. Menos mal que Estela no compartió el premio con ese presidente negro que, como tantas veces sucedió en Argentina, llegó al poder por izquierda para gobernar luego por derecha. Hoy emula al mismísimo George Bush, padre de las guerras injustas. A Estela no le hace falta el Nobel: su lucha incansable es el mejor homenaje que se puede tributar a la paz universal.
Estela tiene el pelo blanco, la voz dulce, la mirada profunda y una extraña paz en el semblante. No es la paz de los cementerios, de la resignación; es la paz de la sabiduría, de la paciencia, de la esperanza. La paz de Estela es una paz contagiosa. Cuando ella habla, todos callamos. Queremos escucharla. Su historia es nuestra historia. Su dolor, nuestro dolor. Su hija, nuestra hija. Su nieto ausente, todos los nietos que faltan. Estela es símbolo porque es coherencia, constancia, dedicación, abnegación. Es una mujer que emociona y se emociona, aunque no se permita el llanto, ni baje la guardia, ni se muestre decepcionada porque ha encontrado a tantos nietos -¡más de cien nietos!, pero el suyo, Guido, sigue sin aparecer. Y los años pasan, inexorables.
 "Todos los nietos recuperados son nuestros nietos", dice Estela. Se lo dice a las otras abuelas, a los otros hijos, a los otros nietos, y a sí misma. Ella no necesita convencerse de su lucha porque fue esa lucha la que la parió a la vida pública. Fue su hija Laura y aquella conversación -una de las últimas que tuvieron- en la que le aclaró que ella no quería morir porque su proyecto era un proyecto de vida y no de muerte, de amor y no de odio. "Nosotros no queremos morir porque tenemos un proyecto de vida. Sabemos que muchos de nosotros moriremos en el camino, pero nuestra muerte no será en vano", le dijo Laura. Estela no terminaba de entender. Hasta que Laura murió. Entonces se juró que lucharía para hacer realidad aquella ilusión de su hija. Para que no haya muerto en vano. Por eso se emociona cuando escucha los cánticos enfervorizados de la juventud, de los estudiantes que hoy tienen la edad que tenía su hija cuando fue asesinada. Ellos son Laura. Muchas Lauras que se reproducen y siguen su lucha, abrazan sus sueños, aman, desean y se rebelan. Porque la juventud es rebeldía, es vitalidad, es esperanza.

Puede leer la nota completa en la edición impresa de revista El Sur de junio, de venta en kioscos de Córdoba, Río Cuarto, Villa María y zona de influencia)

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