Escribe: Adolfo Ruiz
"Vienen con alegría, Señor. Cantando vienen con alegría, Señor". El cántico se deslizaba por los mármoles blancos del hall de ingreso del edificio del arzobispado cordobés, donde, desafiando el frío de julio, dos centenares de fieles de distintos barrios humildes se distribuían por sus ambientes, con el solo fin de cantar, leer la Biblia y discutir sobre la realidad de pobreza que les tocaba vivir.
"Los que caminan por la vida, Señor, sembrando tu paz y amor", insistían melodiosamente los profesantes, mientras afuera los que caminaban por la vida eran varias decenas de efectivos de la Guardia de Infantería de la Policía, con el apoyo de grupos de combate del Tercer Cuerpo de Ejército con armas largas y cortas y hasta un bazooka, carros de asalto, lanza gases, un enorme camión celular, dos autobombas y toda una legión dispuesta a poner fin a semejante liturgia.
Ajenos a ello, los fieles más humildes realmente vivían su momento de euforia, porque esa madre que tantas veces les había dado la espalda, esta vez los recibía con los brazos abiertos, los alentaba en su camino, los acompañaba con el compromiso y la presencia pastoral, y les reconocía la importancia de su misión dentro de la historia.
Afuera, la situación era muy distinta.
Fue en la noche del 16 de julio de 1971, hace 40 años, en un episodio que sería recordado en la historia como la toma del Arzobispado, y que terminó con la detención de más de 120 personas, entre ellas varios curas y hasta el vicario del arzobispo Raúl Francisco Primatesta.
CAMINO PASTORAL
El Plenario de Comunidades Cristianas que condujo a la presencia masiva de los humildes en la sede eclesial, se dio casi como un paso más en el camino que venían recorriendo en los barrios postergados de la Córdoba de 1971.
Desde comienzos de año, un grupo de sacerdotes comenzaron a organizar encuentros"para sentarse a discutir sobre la actualidad, el rol de la Iglesia y la comunidad", según describe quien en aquel entonces era un curita obrero recién ordenado, y hoy en 2011 es un cura recién jubilado.
El padre Víctor Acha estaba a cargo de la comunidad de Villa El Libertador y seguía los pasos y los lineamientos de su amigo y maestro, Justo Irazábal, el "cura Vasco", quien dirigía la parroquia de barrio Comercial.
De esos encuentros también participaban las comunidades de barrio Oña (conducida por el cura irlandés Antonio Hill), Escobar y Bajo Palermo (Poli Colomo y Lucio Olmos), Talleres (Abud Layús), Ferreyra (Quelo Giaccaglia), además de grupos de Las Flores, Mirizzi, Cáceres, Argüello, Villa Urquiza y Villa Cabrera.
Todos esos pastores se proponían "que la parroquia fuera un espacio social de compromiso con la realidad desde la gente y sus necesidades", según define Acha.
Tenía lógica. Muchos eran curitas recién ordenados que se habían formado en el Seminario Mayor Nuestra Señora de Loreto, dirigido por quien ya tenía escrito su camino de martirio: monseñor Enrique Angelelli.
"Esto traía vínculos con los centros vecinales, los clubes, la gente común y también con el gremialismo", recuerda Acha explicando el porqué de la apertura de las parroquias a las problemáticas sociales (ver "Los documentos").
"Veníamos con un interesante proceso de debate comunitario", cuenta el cura, señalando que hasta lograron que Primatesta concurriera a uno de estos encuentros, realizado en barrio Comercial.
"Después de ese plenario, ya quisimos darle más visibilidad al movimiento", recuerda Acha, señalando que fue entonces que le propusieron al prelado llevar el próximo encuentro a la propia sede del arzobispado.
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