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Historias
David Moreno, la víctima cordobesa de la represión del 2001
Diciembre negro
Hace una década, un chico de 13 años que vivía en la Villa 9 de Julio curioseaba en la calle qué era aquello de las puebladas vecinales. Fue en plena crisis del "corralito". La locura represiva lo sorprendió con una ráfaga de perdigones de plomo que se incrustaron en su espalda. A pesar del tiempo transcurrido, el crimen del pequeño David Moreno sigue impune

Escribe: Adolfo Ruiz

Con ese lenguaje simple de las familias laburantes. Con ese dolor sincero que no busca responsables, sino explicaciones, que se olvida de las venganzas y suplica que de una buena vez la Justicia diga lo que sucedió, lave la memoria de su hijo y asigne las responsabilidades a los culpables. Para poder empezar de nuevo. Mientas tanto, éste, el último del año, seguirá siendo el mes maldito, el tiempo de recordar primero el aniversario del nacimiento de David Moreno (el primero de diciembre) y luego el de su muerte (el 20). ¿Cómo padece esta familia cada maldito diciembre? "Yo personalmente, como mamá, sigo destruida". La que responde es Rosa, sin pudores para mostrar su dolor, pero con esa entereza de la gente sencilla.
- Diez años esperando justicia, Rosa. ¿Cómo hace para seguir adelante?- Con el paso de los años uno como que asume la impunidad. Se sigue buscando justicia y te da tanta bronca que no avance. Pero igual lo que más duele es no tenerlo a él. Eso no se asume nunca. Más en esta época.
David era el más chico de la familia. Tenía 13 años cuando lo mataron. Hoy tendría 23. Quedaron vivos sus tres hermanos: Verónica de 31, Mario de 27 y Laura de 25. Su padre, Eduardo Moreno, trabajaba en Obras Sanitarias, y hoy lo hace en Vialidad Provincial.

Ese día maldito
Aquel 20 de diciembre, cuando el país ardía en medio de cacerolazos, corralitos, concentraciones y saqueos, el padre de David había sufrido un cuadro de tensión alta y estaba internado en Villa Allende. Fuera de eso, parecía un día normal. El pibe estudió un rato a la mañana porque tenía que rendir. Comió en familia al mediodía, y luego de pegarse un baño, salió un rato con los amigos. Rosa y su hija quedaron en casa "viendo en la tele lo que pasaba en Buenos Aires".
Pero ahí en la zona se sentían también algunos disparos. La noche anterior ya había sido brava en el barrio. Un grupo de vecinos se habían agolpado en cercanías de un supermercado de la cadena Minisol ante la expectativa de que repartieran bolsones. La versión había sido instalada en el barrio por algunos punteros del justicialismo, y reproducida por la FM de la zona. Era el momento de movilizar a la gente.
La cosa no terminó nada bien luego de que la policía disparara e hiriera a una mujer ?Norma Bernasconi- en medio de la presión vecinal. Nadie pareció tomarlo con la seriedad que merecía. Parecía un hecho aislado.
Por eso, a la siesta del día siguiente volvió a juntarse gente sobre esa avenida, aunque el cordón policial no dejaría que se acercaran a la persiana del supermercado.
El clima ya estaba enardecido, y comenzaron los forcejeos, los gritos, las amenazas. Volaron algunas piedras contra los policías, que se incrementaron cuando vieron el despliegue de la Guardia de Infantería oponiéndose a la presión de la barriada por avanzar hacia el supermercado.
Quizás asombrados por ese escenario que prometía aventura, David y un amigo saltaron del negocio de videojuegos donde estaban gastando los últimos pesos de esa siesta y rumbearon un par de cuadras para ver de dónde venía todo ese alboroto.
No alcanzaron a averiguarlo. Ni bien se entremezclaron entre la multitud, se vieron sorprendidos por la súbita corrida de la gente, que huía despavorida por la avenida.
"Fue cuando vieron que los cuatro policías salían de la fila, sacaron las armas y apuntaron a la gente", cuenta Mario, hermano de David.
Y así, sin demasiado protocolo, comenzó la ráfaga de disparos. De abajo hacia arriba, como barriendo la humanidad de los pobres desprevenidos que no alcanzaron a ver semejante amenaza.
Según el expediente, el pibe alcanzó a acurrucarse de frente ante una primera ráfaga que sorprendió a todos. Y allí paró con el cuerpo 3 de las 9 postas que conforman la carga total de un cartucho: mulso derecho, hombro izquierdo y flanco izquierdo.
Los impactos no alcanzaron a derribarlo. Giró intentando huir hacia la esquina de Piedra Labrada y Tupac Yupanqui. Pero fue alcanzado de lleno. Y no eran balas de goma. Los perdigones de plomo se clavaron en su tobillo, glúteo, espalda y la nuca. "Ese fue el que lo mató", se resigna Rosa.
Ese día hubo otros dos heridos graves. Luciana Parra, Juan Marcelo Fregenal y Rubén Daniel Fosarelli salvaron su vida de milagro. Sus cuerpos fueron literalmente atravesados por perdigones de plomo. Todos fueron heridos por la espalda cuando intentaban huir.
David Cayó en la esquina de tierra. Su cuerpo sangrante aún palpitaba. Contrariando todo protocolo, la misma policía decidió levantarlo y llevarlo al dispensario de Villa Allende, en lugar de llamar a un servicio de emergencia ante lo que ya se vislumbraba como un desenlace fatal.

El rompecabezas
En 2009, el fiscal Raúl Garzón, al elevar la causa a juicio, se quejó por el verdadero "rompecabezas" que esa tarde fatídica le dejaron los miembros de una institución que debiera ser auxiliar de la Justicia. Y no tuvo reparos en enumerar:
-No se preservó la escena del crimen, sino que se retiró el cuerpo, sin siquiera fotografiar la posición final. Por ello tampoco se pudo hacer ninguna planimetría.
-No hubo forma de hallar coincidencia sobre la posición del cuerpo entre los testigos de esa muerte, todos policías partícipes del operativo.
-Quien confeccionó y firmó el acta de entrega del procedimiento fue el propio Hugo Cánovas, autor de los disparos fatídicos e imputado por homicidio.
-No se secuestró ningún tipo de vaina servida de lo ocurrido esa tarde.
-No se requirió la asistencia al lugar de personal de la sección balística de Policía Judicial.
-Dos oficiales del personal policial que luego declaró en la causa terminaron imputadas por falso testimonio (Daniela Adán y Laura Freire), lo que marca para el fiscal la nula colaboración de parte de la fuerza.
Tal vez por todo esto, sumado al constante cambio de defensores del principal imputado y el apartamiento de uno de los fiscales, se puedan encontrar las razones para entender por qué esta causa lleva diez años sin llegar a juicio.

(Puede leer la nota completa en la edición impresa de revista El Sur de diciembre de venta en kioscos de Córdoba, Río Cuarto, Villa María y zona de influencia)

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