Escribe: César Martín Pucheta
Javier Sinay no tiene aspecto de detective, ni mucho menos. De cruzarlo por la calle pocos podrían percatarse la forma en que este periodista de 30 años observa, analiza el entorno y mide cada uno de sus movimientos. Lo mismo hace con las palabras y las historias que decide abordar. La excusa de la charla con Revista El Sur fue ?Sangre Joven. Matar y morir entes de la adultez?, su primer libro, en el que logra reunir un puñado de historias en las que la juventud, impredecible, se tiñe con el rojo más funesto. Sinay elige trabajar sobre la vida y acompaña a los protagonistas intentando comprender sus historias, que un día se toparon abruptamente con la muerte.
- ¿Cómo articulás las historias que se encuentran en el libro?
- En realidad lo único que tienen en común es un desenlace trágico, un crimen y la franja etaria. Cada una de esas dos premisas surge de dos ramas que yo transité en el periodismo: el periodismo de cultura joven y el policial. A partir de eso, lo que quise fue describir bien los lugares por donde se movían estos jóvenes. Más allá de los crímenes, que son el núcleo del trabajo. Estos son todos pibes nacidos en la década del ´80 y yo nací en 1980, por lo que ésta es mi generación. Cuando murieron, muchos tenían la edad que yo tenía en ese momento. Eso me llevó a querer retratar esos lugares, que eran comunes entre las víctimas y yo. Y los que no también: la discoteca de José C. Paz, la canchita de la esquina, la estación. Quería ser muy preciso con eso para que, si uno agarra un libro de acá a 30 años, esto quede también como un retrato de la vida cotidiana de estos pibes, de esta generación. O sea, mi primer objetivo fue contar bien esas historias. Porque son casos que aparecen en los diarios, uno o dos días y luego desaparecen. Yo me propuse contar bien esas historias, entrar a niveles más sociológicos. No de manera académica, pero sí como una herramienta para retratar bien a esta generación.
- ¿Hay relación entre las ramas periodísticas que terminan conviviendo en el libro?
- No creo que haya relación. Al principio tenía menos de 20 años y había cosas que me entusiasmaban porque eran propias de la edad (entrevistar roqueros y cosas por el estilo) y lo policial me gustó siempre. Cuando empecé a trabajar en Forenses me empezaron a interesar definitivamente estas historias de crímenes, oscuras, cruzadas por personajes jóvenes, por lugares que frecuentaban los jóvenes, en los que yo había estado, sobre los cuales yo ya había escrito por otras razones. Fue como mezclar un poco la cosa más luminosa, más pop de la cultura juvenil, con la parte más oscura de la historia policial.
- Ese es otro dato que termina definiendo el perfil de los casos seleccionados?
- Cuando empecé el libro era por eso. Después me fui dando cuenta que no tenía muy claro si realmente hay algo que distinga a los crímenes jóvenes de los demás crímenes. Este tipo de crímenes parece que no tuvieran consecuencias. Cuando la historia comienza, la impresión es que las consecuencias no van a aparecer. No sé si los actores de estas historias son conscientes de lo que puede ocurrir, antes de que ocurra. Esa es una impresión mía.
- En muchos casos parece que se tiende a relacionar crímenes como los que relatas con la marginalidad o la pobreza. ¿Tu experiencia que dice al respecto?
- No sé. Tal vez a nivel estadístico sea así, lo desconozco. En el libro hay seis casos, pero yo trabajé sobre doce o trece. Dos casos eran de gente de clase alta, o sea que existen. Pero claramente hay otro manejo sobre sus tragedias. En esos casos nadie quería hablar, solamente me hablaba el abogado. No sé porqué será, pero creo que terminan ganando. Quieren que no salga a la luz y te terminan cerrando todas las puertas.
- ¿Cómo ves el trabajo del periodismo policial hoy en nuestro país?
- Creo que en un medio es un poco más fácil. Hay material. Uno puede partir de un rumor, algún off the record. Pero para el libro, por ejemplo, para encarar historias completas, hay que tomar las historias desde bases firmes. Hay casos muy complicados que quedaron fuera del libro que si los hubiese encarado para una sección de policiales, hubiese sacado un par de notas. A veces se hace un poco más fácil. Incluso el acceso a los datos.
- ¿Crees que esas herramientas periodísticas tienen consecuencias en la Justicia?
- A mi me da la impresión de que la Justicia tiene más recursos pero que el periodismo llega más profundo, en muchos casos. Hay otros en los que no. La Justicia va muy lento, es como un engranaje desvencijado, hasta torpe por momentos. Lo que pasa es que el periodismo no puede ser Justicia y muchas veces hay intereses atrás que se mezclan. Pero hay casos en que el periodismo bien practicado, que va atrás de la verdad, produce grandes notas. He leído grandes notas que reflejan mucho más una situación que un expediente de cien fojas. Por otro lado, hay casos en que los jueces imparten justicia pensando qué es lo que los medios van a decir de ellos. Por lo general en todos los jucios grandes, hay algún abogado que te va a decir que los jueces hacen esto. Es una forma de expresar disconformidad.
- Y hay muchos casos en lo que la Justicia parece no llegar jamás?
- Creo que la Justicia se queda a mitad de camino, que se conforma con muy poco. Pero también la Justicia es una estructura rígida, una institución que es muy difícil cambiar. Son de esas instituciones que nacieron con el país. Y los que luchan contra esas estructuras, contra esas instituciones, muchas veces son apartados o ubicados dentro de la Justicia pero con responsabilidades menores.
- ¿Seguiste el caso Damasso?
- Lo sigo desde Buenos Aires y es un caso que me interesa mucho porque tiene una cierta trama novelesca en la que se mezclan un montón de factores como la familia, el poder y la política. Me parece que ahí el periodismo, en un punto, fue más rápido que la Justicia. Lo digo en base a lo que he leído en notas periodísticas. Me quedan dudas con respecto al hijo de Nora, no sé qué pensar sobre él. Espero que se destrabe el asunto pronto. Pasó mucho tiempo, hubo muchas pistas y se embarró mucho la cancha también.





