Dejó las cartas en dos sobres cerrados, que guardó en el cajón de su escritorio antiguo, en su estudio jurídico, que compartía con su primogénito, Miguel Hugo Vaca Narvaja (h), hasta que fue detenido por orden de la presidenta María Estela Martínez de Perón y encarcelado en la Unidad Penitenciaria Nº1 de Córdoba. Golpeaba el teclado con el pulso firme, decidido, intuyendo que esas cartas serían su último legado, su prematuro testamento: "En las actuales circunstancias dolorosas, consecuencia de hechos mediatos e inmediatos, derivados del fanatismo, la intolerancia y la incomprensión y agravados por un sectarismo cada vez más agudizado, no resulta improbable que pueda ser yo una víctima que sume su nombre a una lista no cerrada todavía". (Puede leer la nota completa en la edición impresa de revista El
Sur de diciembre, de venta en kioscos de Córdoba, Río Cuarto, Villa María y
zona de influencia)
Era diciembre de 1975 y Córdoba era gobernada por los sucesores del "Navarrazo", el golpe policial -avalado por el presidente Juan Domingo Perón- que había derrocado al gobierno popular de Ricardo Obregón Cano, del que su hijo Miguel Hugo (h) había sido procurador general del Tesoro de la Provincia.
Político de raza, Miguel Hugo Vaca Narvaja sabía que algo "gordo" se estaba cocinando en el país y seguramente había sido amenazado. Como ex ministro del Interior del presidente Arturo Frondizi (derrocado por otro golpe palaciego) y hombre respetado por su larga trayectoria política en Córdoba (había sido presidente del Banco de Córdoba y ministro del gobernador Arturo Zanichelli), Vaca Narvaja tenía acceso a información privilegiada. Esa información y la presentación de un hábeas corpus en la Justicia Federal le habían permitido evitar que su hijo integrara para siempre la triste nómina de desaparecidos. Sus afiebradas gestiones lograron que la Policía de Córdoba reconociera que tenía en sus manos a Miguel Hugo Vaca Narvaja (h), que tras ser torturado en el temible Departamento de Informaciones (el tristemente célebre D2) tuvo que ser "blanqueado" por sus captores, puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y trasladado a la vieja cárcel de barrio San Martín.
Vaca Narvaja (h) había sido detenido el 20 de noviembre de 1975, al salir de los tribunales federales. Pese a que no tenía ninguna causa abierta en su contra, su padre no lograba sacarlo de prisión. En cambio, era presionado por los militares para condenar la militancia política de otro de sus hijos -Fernando Vaca Narvaja, miembro de la conducción de Montoneros- y recibía amenazas de muerte. Había pasado un mes de la detención de su hijo cuando decidió escribir esas cartas. Sentía que iban a matarlo. "Para ese supuesto - que no lo deseo ni quiero-, quiero dejarles escritas estas pocas líneas destinadas a poner templanza, entereza y resignación a fin de evitar reacciones inmediatas e incontroladas por parte de todos ustedes, hijos de sangre y del afecto, pero integrantes de una familia sólidamente nucleada en torno a sus padres, sobre la base de principios morales arraigados con hondura en todos ustedes desde que empezaron a formarse en su niñez".
En otra carta, escrita el mismo día, "aprovechando este momento de soledad y confidencia", le anticipó a su esposa Susana Yofre que se encontraba "frente a un hecho que pudiese provocar mi desaparición definitiva, por causas ajenas a mi deseo y voluntad".
Resignado a aceptar su destino, Vaca Narvaja le pidió "a su gorda" y "a sus hijos" -tal cual rubricó los sobres cerrados que dejó como sencillo pero vital testamento- que no reaccionaran con violencia ante la violencia, que no buscaran vengar su muerte poniendo en riesgo sus propios núcleos familiares, que "refrenen sus sentimientos, mantengan la serenidad, no imputen responsabilidades ni menos se entreguen a pensamientos de represalia".
A su esposa se lo escribió sin eufemismos: "Que mi muerte sirva para algo en el tiempo, pero que jamás se convierta en factor de represalia para otros ni en causa de mayores desgracias para los núcleos familiares que han sabido formar". Tres meses después, el 10 de marzo de 1976, una patota militar irrumpió en su vivienda de Villa Warcalde y se lo llevó, en pijama, en el baúl de un Ford Falcon verde. Nunca más se supo de él. "Piensen, fundamentalmente, en la doble responsabilidad que tienen y que les exijo en estas líneas que hagan efectiva: primero, con respecto a su propio grupo familiar, mis hijas y nietos, a quienes se deben y por quienes tienen que vivir; segundo, con este país y su pueblo, en franco tren de desintegración por la lamentable ausencia del equilibrio moral de quienes tienen los medios y la responsabilidad de ahondar en los problemas que generan actos de violencia, quitándose las anteojeras que les dificulta a muchos ver la realidad a través de la indigencia moral y material en que transcurre esa vida sin horizontes de nuestro pueblo. Asumir esa doble tarea, con la mente fría y el corazón aquietado", le pidió a sus hijos. Tenía 60 años.





