Escribe: Valeria Caballero
"Ida a cualquier parte o camino por donde se hace", cita el diccionario en alguna de sus definiciones de la palabra viaje. A orillas de un camino de tierra, plagado de pozos que dificultan el tránsito, me pregunto cómo se describiría un recorrido que entra y sale de las venas abiertas de América Latina. Kilómetros de calles de tierra a lo largo de centroamérica conectan pueblos, historias y personas que se hilvanan intensamente con la magia y la intensidad de los colores, sabores y olores.
Luego de unos días de respiro en la costa del pacifico costarricense, llegó el momento de cargar la mochila y continuar camino. Nicaragua esperaba mi llegada con un dejo de humildad, sencillez y encanto. Llegué a Managua a la medianoche (horario muy poco propicio para arribar a una capital centroamericana). Ese episodio trajo a mi mente el fragmento de una psicodélica canción de Manu Chao.
En el trayecto me asaltan recuerdos, nostalgias y necesidad de ver, aunque sea una fotografía de mi familia. Me vuelven millones de pensamientos por segundo a la mente y todo señala que el viaje marcará un antes y un después en mi vida. Algunas lágrimas acuden a mí y las dejo llegar sin tapujos ni temores de que otras personas me vean llorando a lo largo del camino.
La patria de Rubén Darío y de Augusto César Sandino tiene el encanto de esos lugares nostálgicos que no pasan desapercibidos. En sus calles se huele historia y leyenda. La plaza de la Revolución, en pleno corazón de Managua, invita a regresar a aquellas épocas en que los ideales y las utopías eran los grandes motores del cambio.
Los edificios coloniales y gastados recuerdan que en este suelo hubo una contundente historia de revoluciones y cadenas rotas que lograron derrotar a la dictadura de Anastasio Somoza. En esta plaza comenzó la Revolución del pueblo, aquí los combatientes en alma y espíritu blandieron las armas recuperadas para instaurar la democracia. En este lugar entró y salió el pueblo hace 32 años, una mañana de julio, para escribir el capítulo pendiente de su redención.
Los "Nicas", como se autodenominan los nicaragüenses, son personas amables, cálidas y extrovertidas. Similar a lo que ocurre con Cuba, en Nicaragua se percibe una fortaleza inquebrantable, propia de un pueblo que conoce de cerca el sufrimiento y la amargura de una historia signada por la represión.
La figura de Sandino aún vive en los rincones más recónditos y la esperanza de que su cuerpo algún día aparezca sigue siendo una ilusión que abrigan muchos nicaragüenses.
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